22 de abril de 2017

Capítulo 101

Oscuridad, cruce de disparos, el sonido estridente de las sirenas de los coches de policía que a toda velocidad iban llegando a las inmediaciones del hospital, gritos, voces mezcladas, cristales rotos, confusión… todo estaba sucediendo a un ritmo vertiginoso.

Máximo, el enfermero, había sido dado por muerto por los atacantes y en un descuido de ellos había conseguido salir de la sala y avisar a la policía y a los responsables del hospital y del tratamiento de los enfermos. Tenían que frenar como fuera lo que estaba ocurriendo. Si no llegaban pronto y actuaban en consecuencia, la segunda planta del hospital se convertiría en una masacre.

Tres enfermos pertenecientes al pabellón “C” y que habían sido rechazados para su inclusión en la terapia de K-Thar-sys se habían amotinado y habían entrado en el pabellón “A” dispuestos a terminar con todo aquel que se cruzase en su camino. Uno de ellos, Luis Ponciano, el cabecilla, tenía armas que habían sido introducidas en el hospital de forma clandestina y que entregó a sus cómplices. Su plan había sido trazado cuidadosamente contando con colaboradores externos y su objetivo era acabar con todos los avatares y con los principales responsables del tratamiento.

La noche era cerrada y fuera del hospital reinaba la más absoluta oscuridad rota solamente por los destellos intermitentes de las luces de los coches patrulla y los gritos de los asaltantes dando órdenes.
Un grupo de agentes de operaciones especiales había logrado entrar en el hospital por una de las puertas traseras y se dirigía al segundo piso del pabellón “A” donde se estaba desarrollando el tiroteo. Debían actuar con sumo sigilo dado que sabían que los amotinados tenían, al menos, tres rehenes y estaban dispuestos a acabar con ellos.

En la sala de juegos permanecían retenidos Mr. Marvin e Ícaro. Habían sido sorprendidos por los atacantes mientras estaban iniciando una partida de cartas con dos de los enfermeros, Robles y Máximo. El resto de los internos permanecía en una sala contigua custodiados por los otros dos secuestradores.

Ícaro y Mc Marvin estaban sentados en el suelo apoyados contra la pared, con las manos atadas a la espalda y a una distancia considerable para evitar que pudieran comunicarse entre sí. Robles estaba inconsciente tendido en el centro de la habitación y Máximo había podido escapar en la confusión inicial del asalto y bajar por la escalera de servicio hasta el sótano desde donde había avisado a las fuerzas de seguridad.

Conmocionado por los acontecimientos, Ícaro recordaba que unos días antes, había mantenido una conversación con el misterioso celador Héctor T. En ella le confesó su baja disposición de ánimo en parte motivada por los pobres resultados de la terapia en su proceso de curación. Semanas atrás pensó que podía estar entre los cinco enfermos que iban a ser dados de alta, pero al final eso no había sido posible y seguía ingresado en el hospital. No veía salida a su problema que ahora se agravaba con los sucesos de las últimas horas.

Hector T se había ofrecido a ayudarle. Le había propuesto acompañarle en su restablecimiento pero para ello debía querer salir de esa zona en la que estaba resguardado porque, si bien su permanencia en el hospital le generaba cierta ansiedad, por otra parte le proporcionaba una buena dosis de seguridad. Dentro de la institución tenía sus necesidades cubiertas y no necesitaba esforzarse demasiado.

Recordaba las palabras de Héctor T: “Para salir del hospital, de tu problema, de tu zona de confort tienes, en primer lugar, que desear hacerlo. Sin miedo, mirando al frente, decidido a afrontar el nuevo reto que supone eso para ti. Te acompañaré en ese reto y si lo consigues me obligarás a que yo diseñe uno nuevo para mí del que serás testigo. Ese es mi trato.”

En ese momento, Ícaro percibió un dolor punzante en el muslo derecho seguido por una cálida humedad. Se había cortado con uno de los trozos de cristal que habían saltado de alguna ventana en el momento en el que se produjo el asalto.

Levemente fue girando su cuerpo hasta que sus manos quedaron a la altura del pedazo de cristal. Lo cogió entre sus dedos y comenzó a deslizarlo acompasadamente sobre la cuerda que ataba sus manos hasta que los cabos se soltaron. Rápidamente decidió saltar por la ventana. Conocía perfectamente el lugar y sabía que la caída hasta la terraza del primer piso no suponía demasiado peligro. Una vez allí sería fácil deslizarse hasta el jardín trasero y escapar.

Se levantó bruscamente y se lanzó por sorpresa contra la ventana. El secuestrador no supo reaccionar a tiempo y en ese momento un sonido de cristales rotos en mil pedazos inundó la sala.

Escuchó fuertes gritos y disparos en el momento en que su cuerpo aterrizaba en la terraza mientras un grupo de policías con potentes linternas entraban en la sala reduciendo en segundos al secuestrador que asistía a los acontecimientos sin saber a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo.

A lo lejos, una figura corría sumergida en la oscuridad de la noche. Ícaro se sentía libre, tenía su vida por delante. Una maraña de pensamientos y de proyectos se agolpaba en su cabeza. Entre ellos el deseo de que algún día el destino le volviese a reunir con los amigos que dejaba en el hospital.

-“Corre, no te pares, no mires atrás. Sigue corriendo”, le decía una voz en su interior que creyó reconocer de inmediato.


By Ícaro
Ícaro

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